La vida en un hilo (1945)

La vida en un hilo

Recuerdo que vi por primera vez esta película a finales de los años 90. En aquella época Canal+ todavía tenía propuestas innovadoras e interesantes en programación, antes de pasar a ser una cadena más anodina donde simplemente echan programas sin publicidad porque para eso pagas. Y una cosa que hacían es los programas dobles de cine en la que a una película de estreno le seguía otra película que podía ser su versión original, o la película en la que se basó u homenajeó, o una película con una temática similar y planteamientos distintos a comparar. Hubo cosas muy interesantes.

En un momento dado, programaron como película de estreno Sliding Doors (Dos vidas en un instante), que protagonizada por Gwyneth Paltrow, nos ofrecía dos caminos alternativos a la protagonista del filme en función de que llegase a tiempo a coger un tren del metro londinense, o se encontrase con las puertas deslizantes del mismo, a las que hace referencia el título de la película, ya cerradas. A continuación, emitieron la película española de Edgar Neville que hoy nos ocupa, y que cincuenta años antes partía de premisas similares. Aunque con un tono menos dramático, y con más ambiente ferroviario.

En el compartimento del coche cama del Expreso, Mercedes y Madame Dupont conversan sobre las posibles vidas de la primera, según las "visiones" de la segunda.

Sinopsis

Mercedes (Conchita Montes) es una joven y guapa viuda, que tras pasar el periodo de luto por la muerte de su marido, se traslada a vivir de una localidad de provincias en el norte de España a la capital, a Madrid. En el tren, tiene de compañera de compartimento en el coche cama a una artista de circo, Madame Dupont (Julia Lajos), que es capaz de adivinar el pasado. Pero no sólo el pasado que ha sido, sino el que pudo ser en el caso de que la interesado o el interesado hubieran tomado decisiones distintas. Y así, es capaz de contarle a Mercedes lo que pasó cuando una tarde lluviosa en Madrid, unos años antes, en vez de aceptar el ofrecimiento del que luego sería su marido, el aburrido ingeniero Ramón (Guillermo Marín), para compartir un taxi, hubiera aceptado el que momentos antes le hizo un dicharachero escultor, Miguel (Rafael Durán), con quien pudo tener un vida bastante más interesante.

Las insufribles tías de Ramón, el difunto marido de Mercedes, son la diana adecuada para las amables críticas hacia la burguesía provinciana.

Interés ferroviario

Toda la historia se cuenta en dos flashbacks, uno real y otro hipotético, mientras las dos mujeres viajan en un tren expreso nocturno, de los muy abundantes que cruzaban la península en tiempos, uniendo la periferia con la capital, e incluso distintas regiones periféricas entre sí. La vieja estación del Campo Sepulcro en Zaragoza, luego reconvertida en Zaragoza-El Portillo, tenía un tráfico constante de expresos toda la noche que unían Madrid con Barcelona, y esta última ciudad con Galicia, el País Vasco y otros puntos del norte de España. Apenas algún tren-hotel despistado queda ahora de todo aquel trasiego. Como el que aparece en la película, arrastrados durante buena parte de los años de posguerra por locomotoras de vapor, eran largas composiciones con algunos coches de primera y segunda clase en compartimentos sentados, algunos coches de literas, y para los más afortunados, coches camas más cómodos. Los que aparecen en la película tienen toda la pinta de pertenecer a la Wagon Lits, y aparecen con cierto nivel de comodidad y lujo, aunque se emiten críticas a la calidad de las cenas que se sirven a bordo del tren.

Apenas hay escenas del conjunto del tren, y de hecho, da la impresión que filman distintos trenes, con el equipo de filmación apostado junto a la vía. Las imágenes no son claras, aunque hay un moemento en el que el tren que aparece más parece un correo o un rápido tirado por una 240 que el presunto expreso en el que se desplazan las protagonistas.

También hay dos imágenes de estaciones. La de salida y la de llegada. Teóricamente, una estaría en alguna ciudad del norte de España y la otra en Madrid. Pero a mí, ambas estaciones me parecen la misma. La de Príncipe Pío de la que salían los trenes que comunicaban la capital con el norte de la península. Es muy característica la imagen inicial, cuando se supone que NO están en Madrid, pero que tras los edificios de la estación, y en alto, se intuyen las formas del Palacio Real.

Desgraciadamente, la película es muy antigua, y no es fácil encontrar imágenes apropiadas por ahí. Si en un futuro las consigo, las pondré.

Tras el viaje en el tren, Miguel, que inopinadamente viaja junto a Mercedes y Madame Dupont, se dispone a bajar en Madrid.

Interés cinematográfico

Lo primero que hay que decir es que es una película relativamente moderna, para la época y para el país. Recordemos que en 1945, España está en plena etapa autárquica de la posguerra, con una economía por lo suelos, y con un ferreo control por parte de la dictadura de los contenidos cinematográficos. Sin embargo, el filme rezuma muy notablemente las influencias de los grandes de la comedia romántica que abundaron en Hollywood en los años 30 y los años 40. Lejos del costumbrismo habitual de la época, se nos presenta una burguesía relativamente actual (para la época, insisto), mundana y alegre. Muy ciudadana. Y se nos presentan diálogos ágiles, ingeniosos, irónicos aunque sin mala leche.

Lo segundo es que es relativamente desconocida. Probablemente debido a la filiación del director con el bando fascista, lo cual hará que algunas de sus obras sea injustamente ignoradas con posterioridad. Más cuando la película no es una película política. Es cierto que esconde la realidad del país en esos momentos. Que nos presenta una sociedad dinámica, una burguesía pudiente, que compra prendas de pieles, que sale a cenar y a bailar a los night clubs, muy lejos de a lo que la mayor parte de los españoles de la época podían aspirar en esos momentos. Pero también critica aspectos del conservadurismo y la mojigatería de esa burguesía. Con amabilidad, es cierto, pero incisivamente.

La escena en la que Mercedes y Miguel se conocen en el taxi en la realidad alternativa es un ejemplo de cómo transplantar los modos y el espíritu de la screwball americana al ambiente español. Y con éxito.

Así que debemos ver el filme como lo que es. Un producto de entretenimento como muchos que llegaron en esos tiempos del otro lado del Atlántico. Y bien hecho y bien interpretado. En mi opinión, y salvando las distancias generacionales, a más alto nivel que la mayor parte de las comedias románticas que el cine español produce hoy en día. Muchas de ellas sonrojantes por su ínfima calidad. De hecho, esta película sufrió una nueva versión a principios de los noventa con Ángela MolinaAntonio Banderas e Imanol Arias, dirigida por Gerardo Vera, que se tituló Una mujer bajo la lluvia, que nunca vi, y que todo indica que fue bastante penosa.

Así que considero esta película como recomendable, siempre y cuando uno esté dispuesto a colocarse en situación. Porque ciertamente, pertenece a otra época y a otra España, que en realidad, nunca existió. Así que yo le pongo 4 estrellas: ****.

Si quieres, puedes mandarme un comentario (correo electrónico).

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